Este artículo fue publicado el 15/09/1999 en Webislam.com y su autor es Abdelmu' min Aya. Me parece que contiene interesantes reflexiones y por eso decidí destacarlo en mi blog, adicionando algunas imágenes representativas de cada religión. Algunos análisis parecen un tanto pesimistas y sesgados, por lo que seguramente no dejarán indiferente a nadie. ¡Que lo disfruten!

Todas las religiones creadas con intención de conducir al hombre hacia Dios son ontológicamente iguales. No hay religiones superiores y religiones inferiores. Leemos en nuestro Sagrado Corán:
Hemos dado a cada pueblo los ritos por los que se guían*
Por tanto, las diferencias entre unas religiones
y otras serán de otra índole, que no ataña a su objetivo y fundamento sino a
sus peculiaridades en el modo de articular sus objetivos, tal como trataremos
de desentrañar en el artículo que sigue, para concluir afirmando que existen
diferentes religiones porque existen diferentes constituciones en la naturaleza
del hombre, todas las cuales deberían tener, en justicia, un camino que las
llevase al centro.
Naturalmente, ninguna religión que no abarcara todas las necesidades del ser humano hubiera podido llegar a ser religión de masas; pero hablamos de aquello de estas cuatro religiones que ninguna teología futura podrá cambiar porque es lo constitutivo de dichas religiones. Cada una de ellas ha sido concebida en una tradición humana con una u otra tendencia y, por lo tanto, se apropiará en el futuro de aquellas naturalezas humanas que encuentren en ellas lo que necesitan: habrá unas para las cuales será mas fácil trascender a través de la propia mente en armonía, y encontrarán el Budismo; o a través del amor al prójimo, el Cristianismo; por medio de la experiencia ascética pura, otras desembocarán en el Hinduismo, y las que lo hagan a través del cuerpo social en orden abrazarán el Islam.
Con las limitaciones consustanciales a la
divulgación pedagógica y sin ánimo de crear la menor polémica, paso a dar unos
apuntes sobre cada una de las religiones mencionadas y algunas otras todavía en
liza, a fin de dibujar un somero esquema de la evolución teológica que han
sufrido hasta el presente y las posibilidades de futuro que, desde nuestro
punto de vista, tienen:
Catolicismo

Es posible que haya podido superar en el
inconsciente colectivo la lacra histórica de
Evangelismo y/o Protestantismo

Su extraordinaria expansión en los sectores
menos atendidos del Catolicismo (gitanos, barriadas marginales, pueblos
cercanos a grandes ciudades, etc.) no aporta nada nuevo, ideológicamente
hablando, con respecto al precedente católico.
El Budismo

En sus dos modalidades más influyentes en el
mundo occidental —zen y tibetano— está siendo la religión de moda a fines del
siglo XX, como lo fuera el Hinduismo en los años sesenta. Si bien ambos tipos
de Budismo son, naturalmente, mucho más que eso, tienen cierta dificultad para
ser directamente asumidos por la mentalidad occidental. Figuras como Suzuki
Daisetsu o el actual Dalai Lama, geniales estrategas de la difusión de esta
forma de religiosidad, son claves para la comprensión del asombroso éxito del
Budismo en Occidente. Una religión que, pese a no lograr en general, adhesiones
integrales y estables, está contribuyendo seriamente a modificar las conductas
de un Occidente consumido por el estrés y la violencia en las relaciones
humanas.

Quizá la más difícil de las metafísicas que haya
estructurado una sociedad humana y la más ambiciosa aspiración mística del
hombre, que confieso desconocer en profundidad (en realidad ¿quién puede saber
algo cierto sobre
Es una religión que se vuelve agotadoramente
escurridiza para el occidental, aún más que el Budismo, que no es tan complejo
de comprender como de vivir. Las teorías que niegan aquello que nuestros
sentidos nos muestran como real son admisibles como cualesquiera otras dentro
del terreno de las ideas, pero absolutamente invivibles en Occidente.

Si el Budismo japonés en general —con honrosas
excepciones— ha sido calificado por los más cáusticos como “poco
más que una extraordinaria empresa nacional de pompas fúnebres”, el Shintoísmo, tras el fracaso japonés en
Del Shintoísmo, una de las más hermosas, quizá
por ‘primitiva’, de las religiones que hayan existido alguna vez sobre la
superficie del planeta —naturalmente, con anterioridad a su mutación
nacionalista— no ha quedado absolutamente nada: nada que vivir, nada en que
creer, nada que exportar. Los centenares de sectas de inspiración
neoshintoísta, fundadas por visionarias/os y seguidas por amas de casa con más
ocio del que pueda soportar una criatura, no logran crear realidades teológicas
dignas de mención, aunque —al igual que comentamos del fenómeno evangélico— su
difusión y progresivo aumento de poder merecen un estudio sociológico serio.

Religiosidad menos interesada en la propagación
de su pensamiento que en seguir siendo el elemento cohesionador de un pueblo
elegido que —quizá por serlo, permítaseme la ironía— posee incalculables sumas
del capital que se mueve en el planeta, cuenta con una teología paupérrima y
una evolución de la misma que no merece ser tenida en consideración como
religión de masas. El Hassidismo no consigue hacerse un nombre entre las
ofertas místicas que compiten en la sociedad actual religiosamente inquieta, al
contrario que el Sufismo y las otras místicas orientales.
El judaísmo es tan sólo el modo de ser de un
pueblo, en concreto, un modo de ser poderoso, más que una espiritualidad que
pueda ser difundida por las diferentes culturas.
Islam

Y, por último, según mandan las normas de la
modestia, el Islam. La única de las religiones tradicionales de ámbito
universal arraigada en el extrarradio de las corrientes de opinión, entre la
incivilización y el desconocimiento de todo marketing, y que sufre de una consciente incomprensión promovida por los más
afectados respecto a su inflexible condena de la usura —
A diferencia del Cristianismo, que nunca ha
dejado de verse como “una religión del hombre blanco”, el Islam es llevado por
los propios autóctonos de una tribu a otra, de un pueblo a otro, cumpliéndose
así la predicción de sir Richard Burton —el primer traductor de Las mil y una
noches— de que “los negros hallarían tarde o temprano en el
Islam su religión natural”.
Tanto en África como en Asia se extiende el
Islam clamando por el final de la explotación y en pro de la defensa de la
dignidad de los países del Tercer Mundo, reivindicación que apenas había sido
soñada hasta el impacto, de repercusiones incalculables, de
Las campañas de descrédito difundidas en Occidente, presentan la idea de un Islam oscurantista, fanático, ignorante, machista y terrorista, aunque inevitablemente una imagen tan acabada de “todo lo malo posible sin mezcla de bien alguno” hace sospechar a muchos que se trate más de una caricatura que de una imagen real con luces y sombras, convirtiéndose a veces en causa de bastantes de los acercamientos al Islam que se producen, principalmente entre los ciudadanos europeos, cuyos escrúpulos de conciencia respecto a los desmanes del Colonialismo no siempre son saciados con la simple participación en Organizaciones No Gubernamentales.
Pese a la turbulencia de los tiempos que se
avecinan, en los que el Islam ha expresado abiertamente su oposición al
Sistema, aquel seguirá siendo, guste o no, la religión de la lucha —Yihad— por la dignidad del hombre, la religión del cultivo de los
sentidos, la religión de la hospitalidad y del gusto por el trato humano, y la
religión del amor sexual. Estos cuatro rasgos le auguran buen futuro entre los
seres humanos menos separados de
Escollos

Con respecto a los ‘escollos’ en los que, a
nuestro juicio, embarrancan las principales naves de las religiones,
impidiéndoles surcar libremente el mar de una Humanidad necesitada de vivir una
fe en lo trascendente, los del Judaísmo son un excesivo ritualismo y neurótico
normativismo y la creencia firme en la noción de ‘pueblo escogido’ con la que
se relegan ellos mismos al ghetto y
se hacen odiosos al resto de los hombres, los cuales no comprenden en qué son
inferiores a los judíos; el del Cristianismo es sin duda la ausencia de una
comprensión sana de la sexualidad humana; el del Hinduísmo, su complejidad —por
no decir incomprensibilidad— metafísica que niega la realidad de lo evidente a
los sentidos; el del Budismo, su dificultad de adiestrar físicamente al cómodo
mundo civilizado, el único que puede comprenderlo y por el único que muestra
interés en su expansión proselitista; y el del Islam, el tema de la mujer.
Mientras tanto no se produzcan desde el seno del Islam explicaciones
convincentes del papel de la mujer en la sociedad en general y de la islámica
en particular, según el Corán, o se difundan las ya dadas desde el Pensamiento
Islámico, este punto seguirá siendo su talón de Aquiles.
Según nuestro criterio, uno de los factores
decisivos que marcará las posibilidades de futuro de las religiones será el de
su posicionamiento teológico en la cuestión de la personalidad
—antropomorfidad— de Dios. En esta gran confrontación teológica de la que hemos
hablado, el Animismo sucumbió a manos del Politeísmo, el Politeísmo a las del
Monoteísmo, el Monoteísmo del Dios terrible a las del Monoteísmo del Dios
amable, éste a las del Ateísmo, y el Ateísmo a las de los Panteísmos extremo-orientales.
Estas son las líneas rectoras que van dirigiendo
la evolución religiosa de
Marco
conceptual
Mientras el Cristianismo y el Judaísmo siguen
adscritos a la idea de un Dios personal que está llamado a desaparecer en los
siglos venideros de la conciencia humana como los diosecillos del Olimpo ante
la llegada del ‘Dios desconocido’ de San Pablo, el Hinduísmo y el Budismo
trabajan con la de un Dios cósmico, intelectualmente más seductor pero sin la
capacidad de consuelo del Dios-padre o el Dios-amigo, sobre todo para el
individualismo occidental.
Sólo el Islam, debido a su compleja realidad
teológica —exoterismo y esoterismo— mantiene al mismo tiempo, sin que ninguna
Iglesia pueda controlarlo —pues, como se sabe, no hay nada parecido en el
Islam— ambas posturas: la existencia del Dios personal que protege y la del Dios
que abarca el cosmos entero. Dependiendo del nivel en que se encuentre el fiel,
se sitúa a sí mismo en una u otra posición, sin que esto provoque la menor
violencia ni disensión interna en la comunidad de Muhammad, la paz y las
bendiciones sean con él.
Conclusión
Para concluir, me gustaría unir mi voz a esas otras tantas que claman, a fines del siglo XX, por un reconocimiento —más que ‘tolerancia’— entre las religiones, por aumentar nuestra capacidad de aprendizaje mutuo, olvidándonos de viejas comezones proselitistas que tanto han incomodado hasta ahora al género humano.
Naturalmente que los reproches entre religiones,
en la actualidad, podrán seguirse produciendo y, como en un fuego cruzado,
podremos seguir recordando los mártires, los libros quemados, las expulsiones,
los autos de fe, las guerras de religión, las destrucciones de los templos,
etc, los de unos y los de otros.
Incluso desde una perspectiva menos visceral,
más teológica, un budista podría acusar a un musulmán de poseer una ideología
violenta y el musulmán al budista de complicidad con la injusticia de un
Sistema que no trata de cambiar, lo cual podría hacer extensivo a los
cristianos. Un hindú podría acusar a un musulmán de primitivo y el musulmán al
hindú de no reconocer la realidad, un cristiano podría acusar a un musulmán de
ser licencioso y el musulmán al cristiano de neurótico, un judío a un musulmán
de inflexible y el musulmán al judío de alimentar al gran Shaitán —el Capitalismo— etc, etc. Pero probablemente, y ojalá así
sea, haya llegado el momento del respeto final, de
Nos gusta comparar la historia humana de las
religiones con la historia de los miembros de una misma familia, de una misma
casa, hermanos y hermanas, padres e hijos, hermanos mayores y hermanos menores
que, por exceso de trato y por inmadurez, están perpetuamente enzarzados en
interminables peleas sobre insignificancias, pero que, cuando llega un enemigo
común —un vecino terrible y demente que ha logrado prender fuego a la casa—
olvidan sus pueriles reproches y se aplican a apagar ese fuego que amenaza con
destruirlo todo.
Ese fuego es el Materialismo que ha nutrido el
gregoriano siglo que ahora muere. Pero no el inocente materialismo de un
Epicuro o un Lucrecio, ni el conmovedor materialismo de un D'Holbach o
Helvetius, ni siquiera el escandaloso materialismo de un Nietzsche, no. Se
trata de un materialismo real, aquel que no dialoga con ideas sino que
materialmente —valga la redundancia— embrutece al género humano, lo aliena y lo
encarcela en la prisión de un yo sin posible comunicación con el resto de





solamente quiero decir: Muchas gracias!.